En
el momento actual, ninguna tarea más urgente que la
de poner en forma métodos eficaces para instruir a
jóvenes y adultos en las cuestiones básicas
de la ética. Esta instrucción ha de realizarse
de tal forma que los destinatarios de la misma se sientan
respetados en su libertad y, al mismo tiempo, dotados de pautas
de interpretación suficientes para estar orientados
ante las diversas encrucijadas que encuentran en la vida.
La formación verdadera consiste en disponer de poder
de discernimiento, y éste sólo se alcanza
si se conocen las leyes que rigen el desarrollo de la vida
humana.
Actualmente, los jóvenes se resisten a aceptar doctrinas
por razón de la autoridad de quien las transmite. Sólo
se muestran dispuestos a asumir aquello que sean capaces de
interiorizar y considerar como algo propio. De ahí
su aversión a toda forma de enseñanza que proceda
o parezca proceder de forma autoritaria, llegando a determinadas
conclusiones a partir de ciertos principios inmutables.
Debido a ello, se viene proponiendo desde hace algún
tiempo como método ideal para formar en cuestiones
éticas la lectura penetrante de obras literarias de
calidad1.
A través de ellas no son los profesores de ética
quienes nos adoctrinan sobre el sentido de la vida y sus acontecimientos
básicos, sino diversos autores orlados de prestigio
y bien afirmados en una experiencia intensamente vivida y
sufrida.
La
sugerencia es valiosa, pero apenas ha sobrepasado la condición
de mero deseo. A lo que se me alcanza, no hay todavía
una exposición sistemática de lo que ha de ser
un método bien aquilatado de enseñanza de la
ética a través de la lectura de grandes obras
literarias. Por mi parte, he intentado colmar esta laguna
en este curso y en varios libros; inspirados en la idea de
que una obra literaria no es un objeto sino un ámbito
de realidad, no narra hechos sino expresa acontecimientos;
no muestra sólo el significado de las acciones,
sugiere además su sentido; no describe objetos,
nos hace asistir más bien a procesos de entreveramiento
de ámbitos que dan lugar a otros ámbitos
o los destruyen. Al conocer estos procesos, descubrimos las
leyes del desarrollo humano.
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Una
obra literaria no es un medio para comunicar el autor
determinadas experiencias. Es el medio en el cual realiza
él mismo tales experiencias. Cervantes había hecho
la experiencia viva de lo que es el alma hispana en sus vertientes:
la quijotesca y la sanchopancesca. El momento en el cual se
encontró más vivamente con el espíritu
hispano fue cuando se puso a escribir El Quijote. Esta
obra no es posterior al encuentro cervantino con el núcleo
de la forma española de sentir y vivir la vida; marca
el momento culminante de tal encuentro. Cuando un autor
escribe una obra, está entrando en juego con la
realidad descrita en ella, que no se reduce a un conjunto de
objetos, sino que es en todo rigor una trama de ámbitos,
una historia viva. Al hacer juego con ésta, se le ilumina
su sentido más hondo. La obra literaria es un campo
de juego y de iluminación.
Consiguientemente,
interpretar una obra no se reduce a verla desde fuera y hacerse
cargo de lo que en ella acontece. Significa entrar en juego
con ella, rehaciendo personalmente sus experiencias clave.
En la base de toda obra de calidad se hallan una o varias experiencias
que impulsan la acción y le dan sentido. Al vivirlas
por propia cuenta el lector, se iluminan en su interior las
intuiciones fundamentales que impulsaron la génesis
de la obra. A esta luz puede muy bien realizar una lectura
genética de la misma, leerla como si la volviera
a gestar, y comprender así todos sus pormenores, hasta
el vocablo más aparentemente anodino2.
Esta
lectura genética nos permite realizar las tres tareas
básicas del buen intérprete:
1)
hacerse cargo de lo que dice el autor, 2) descubrir por qué
lo dice, 3) advertir qué es lo que no dice y debiera
haberlo dicho si fuera coherente con su punto de partida.
1 Véase, por ejemplo, J. Luis López Aranguren: Ética,
Revista de Occidente, Madrid 1965, 3ª ed., págs. 413-414.
2 Puede verse en mi Estética de la creatividad
(Rialp, Madrid 1999, 3ª ed., págs. 384-464) el análisis pormenorizado
que realizo de la obra de J.P. Sartre La náusea. Hasta
el adjetivo más caprichoso en apariencia queda coherentemente
inserto en el contexto, sin necesidad de explicarlo como una
"licencia literaria".
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