la muerte
metáforas, mitologías, símbolos

GABRIEL ALBIAC
Sección II del libro La muerte. Metáforas, mitologías, símbolos; Barcelona, Paidós, 1996.
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2. Las razones del mármol.

Muerte es vida. «La corrupción de una cosa es la generación de otra y la generación de otra es la corrupción de una»7. Muerte y vida, generación y corrupción, nombres sólo, palabras de comedia y tragedia intercambiables, pues que, al fin, «una tragedia y una comedia están escritas con las mismas letras»8. Nombre de nada, la muerte; de nadie. «La muerte»  escribe Paul Valéry   «es un sujet excentrique»9. El barroco español, su dimensión más honda, es eso: fascinación por la recién hallada paradójica condición del tiempo: todo es en él; y, en él, es sólo y todo muerte. «El tiempo no es, el tiempo es el mal»10. De algún modo, esa experiencia  a la cual no es ajena la irrupción del reloj como máquina objetivadora: tempus fugit   anticipa la desolada conclusión de Schopenhauer: «El tiempo, la transitoriedad de todas las cosas en él y mediante él, es simplemente la forma en la cual la nulidad de su aspiración se revela a la voluntad de vivir, que, en tanto cosa en sí, es caducidad. Esta nulidad se expresa en la forma interna de la naturaleza, en la infinidad del tiempo y del espacio respecto de la finitud del individuo en ellos; en el presente privado de duración, en tanto único modo de existencia de la realidad; en la dependencia y relatividad de todas las cosas; en el continuo devenir, sin ser; en el continuo desear, sin satisfacción; en el continuo alzar una barrera contra la muerte, gracias a la cual existe la vida, hasta que la barrera misma sea transitada. El tiempo es aquello en virtud de lo cual cada cosa, en cada momento, deviene nada en nuestras manos;  aquello en virtud de lo cual pierde cualquier verdadero valor»11.

Poética sombría de la caducidad: Quevedo12.

«Ayer se fue, mañana no ha llegado,

hoy se está yendo sin parar un punto;

soy un fue, y un seré y un es cansado»13.

Temporal, la consciencia humana no posee sino la reflexividad que éste su ser horadado por la nada hace girar sobre sí misma, sin objeto: círculo vicioso que define la condición de los seres finitos y habladores; círculo de la interrogación sobre sí misma: «¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?»14. Nadie, por supuesto. Nada. Ya que es la vida misma  pues, la muerte   quien pregunta. La muerte  que es la vida   determina toda interrogación, en la medida en que define todo tiempo, toda serie o secuencia así; no es enunciable, por tanto, en un lenguaje que no es él mismo sino secuencia, serie en el tiempo, de signos temporales. No es enunciable, al menos, de un modo directo; desplazado, sí: bajo metáfora. Metáfora. La muerte debe ser dicha siempre en otra cosa, puesto que nada es sino ese tránsito siempre de lo otro en uno:

«En el hoy, y mañana, y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto»15.

Entre ser y no ser, que son lo mismo, la vida  que es la muerte   tiende una malla de destellos efímeros, tela de araña en la que somos presos. Nada queda, al fin, sino ondas transitorias, rizos muy tenues sobre un océan d'ennui, infinito, indiferente: el ser, que es nada:

«Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa soy peligro sumo»16:

imagen, simulacro de identidad que se disfraza de perenne aun cuando diga transitoria la perennidad que finge. Para fallar también en eso; ni aun es provisional, la plenitud del yo así teatralizada:

«Y mientras con mis armas me consumo,

menos me hospeda el cuerpo que me entierra»17.

Y a esa falla, a esa caída en el abismo de un yo que ni aun fingirse sabe de un modo que a sí mismo resulte convincente, se conviene en llamar vivir: surcar de nada la nada y con nada acotarla. Decir antes, después, primero y último, al fin, luego..., decir sus irrisorios tramos intermedios, mentir que la tortuga alcanza a Aquiles  nada, en realidad, alcanza a nada   o que hiera alguna vez la flecha al blanco.

«Ya no es ayer, mañana no ha llegado,

hoy pasa, y es, y fue con movimiento,

que a la muerte me lleva despeñado»18.

Si el decir lo es en el tiempo, que es la muerte, nada dirá jamás la muerte, el tiempo. Dirá, el temporal lenguaje, otras cosas: el ilusorio anhelo de un tiempo y una muerte suspendidos. Sólo el mito  enemigo del tiempo   y el sueño  que ignora identidad y sucesión   narran la muerte. Hablando de otra cosa: del reloj, el círculo, del amor, la fosa y sus herramientas, el acero, el dios, los dioses, la matemática...

«Arduas son la hora y el momento,

que, a jornal de mi pena y mi cuidado,

cavan en mi vivir mi monumento»19.

Mi vivir. Mi monumento: conmemoración sólo, memoriosa. Representación, al fin, el uno como el otro: éikon, leyenda que forzosamente ha de mentir; aun cuando pueda  deba   ser mentira verosímil  no verdadera pues, no hay verdad en el símil, tampoco en lo que el símil representa  . «Todo es efímero, y aquello que un recuerdo rememora es el objeto mismo de este recuerdo»20. Todo, distorsión regulada. O lógica del delirio y el sueño.

«Fue sueño ayer, mañana será tierra;

poco antes nada, y poco después humo»21.

No se cerrará el círculo. Necesario sería, para ello, que el yo que lo trazara fuera algo, además de un ensueño. No lo es. «Presumo / apenas punto al cerco que se cierra»22. Las mitologías se anudan y se enredan solas; en puntos aleatorios de su maraña aparentan figura de mismidad; se desanudan luego. Nada queda «debajo de las sombras y el olvido»23. «El oro miente en la ceniza fría»24, «vive muerte callada y divertida / la vida misma»25, «nada, que, siendo, es poco y será nada»26, «y esa nada ha causado muchos llantos, / y nada fue instrumento de la muerte, / y nada vino a ser muerte de tantos...»27 Y una conclusión de rigor conciso. Desolada en su ascética, mucho más que en cualquier patetismo. Así es, «mas si es ley y no pena, ¿qué me aflijo?»28. El enigma no es, al cabo, la muerte, sino el paréntesis desde el cual hablamos de ella. «Una piedra lanzada cae. La muerte no es en nada diferente»29. Es, al fin la clave de la experiencia schopenhaueriana del ahora: «Nuestra existencia no tiene base alguna ni cimiento sobre el cual reposar, salvo el fugaz presente»30.

«Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte»31, concluirá Quevedo. Otro, vituperado por él y, al fin, a él idéntico, formuló esa contención desesperada ante lo que no tiene nombre propio más allá de las irrisorias metáforas que cierran el horizonte humano «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada»32. Metáforas. Irrisorias: «Mortales señas dieran de mortales»33. Y un proyecto esencial y silencioso, por bajo de las palabras. Sola verdad: «La razón abra lo que el mármol cierra»34.

7ARISTOTELES: De generatione et corruptione; A, 3, 318a 24-26.

8 ARISTOTELES: De gen. et corr., A, 2, 315 b 15-16.

9 VALÉRY, P.: Cahiers; Paris, Gallimard, Collection de la Pléiade, 2 vols., 1973-1974; vol I, p. 621.

10 POUND, E.: Cantos, LXXIV.

11 Op. cit., II, 142.

12 Para las referencias de los sonetos de Quevedo que puntúan todo el capítulo, tomo como edición de referencia el tomo II de las Obras Completas, a cargo de Felicidad Buendía; Madrid, Aguilar, 1943.

13 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

14 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

15 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

16 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

17 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

18 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

19 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

20 MARCO AURELIO, IV, 35.

21 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

22 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

23 Ibid.

24 Ibid.

25 Ibid.

26 Ibid.

27 Ibid.

28 Ibid.

29 Cahiers; ed. cit., II, p.633.

30 SCHOPENHAUER, A.: Parerga und Paralipomena, II, 144.

31 QUEVEDO, F. de: Sonetos.

32 GONGORA, L de: Sonetos.

33 GONGORA, L. de: Sonetos.

34 Ibid.