: Zoom del lunes, 8/7/96.
(Fichero comprimido de Microsoft Word)

TIEMPO DE ASESINOS

Tiempo de corazón desalentado. Mal momento _el peor_ para el juicio de los liquidadores de Enrique Ruano, esta estación de Barrionuevos y Galindos. Y no es que, treinta años más tarde, haya borrado el tiempo nada. El tiempo _en esa sentina de la condición humana que es la de los profesionales del interrogatorio_ lo congeló, por el contrario, todo. Intacto. En sus mohosas celdas nada cambia. Sólo se perfeccionan ciertas técnicas, aún toscas a final de los sesenta y ahora muy refinadas. El horror de aquel crimen que marcó a mi generación en enero de 1969 se hace hoy, a fuerza de cercano, invisible casi.

Contemplo ahora las fotografías en el banquillo de los torturadores de mis años de estudiante. Veintisiete después, hasta el más sanguinario de los "sociales" del último franquismo ha revestido la máscara inofensiva del dulce jubilado. Me sorprendo a mí mismo mirándolos con indiferencia. Y es esa indiferencia la que me enfurece. No contra ellos, contra mí, contra nosotros que hemos querido olvidar todo tan deprisa. Me es preciso un esfuerzo tenso de disciplina y de memoria para contarme a mí mismo _sé que poco importa ya a casi nadie_ quiénes fueron estos venerables ancianos que trituraron cuerpos y envilecieron almas, sin más límite que aquel que el mayor placer ante el dolor del otro les dictaba.

De aquellos años infames me viene a la memoria el chiste favorito del torturador al torturado: "Pobre imbécil. ¿De qué te sirve todo esto? Cuando los tuyos manden, yo seguiré aquí haciendo el mismo trabajo para ellos. Torturé bajo la monarquía, torturé bajo la república y la dictadura; torturaré bajo la democracia si es preciso. Tú y los pobres idiotas como tú seguiréis recibiendo".

Era verdad. Los asesinos de Enrique Ruano _y los torturadores de tanto antifranquista de esos tiempos_ ocuparon, bajo la democracia, responsabilidades policiales privilegiadas. La repugnante "Brigada Social" fue el alambique de la aristocracia represiva bajo el socialismo. Alguien _teorizó González_ tenía que ocuparse de las cloacas. Al precio que fuera: fondos reservados incluidos.

Debo esforzarme ahora para afirmar en mí aquel viejo odio hacia esa gente. Decir que ese odio no se extinguirá mientras yo viva. Hace treinta años era fácil: todo nos aparecía como una monstruosa excepción hija de un Régimen irrepetible. Después del GAL socialista, la realidad se ha vuelto mucho más difícil. En nada cede el horror de los torturadores felipistas de Lasa y de Zabala al de sus homónimos franquistas de Enrique Ruano. La tortura no es ya un excepción ligada al oprobio de una dictadura. Es la intemporal tentación del Estado: la bestia que el Poder alimenta y mima en sus más ocultas galerías. Esa bestia al acecho, esa amenaza, ha pervivido, pervive. No hay Estado que no sueñe con machacar a quien se le resiste. No hay conciencia moral ciudadana que no se nutra del odio y de la lucha contra la tentación de ese latente despotismo. Olvidar a los torturadores _aun de cabellos blancos_ es ser ya cómplice suyo.