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Zoom del jueves, 11/12/97.
(Fichero
comprimido de Microsoft Word)
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SESION CONTINUA Esta tarde a las seis. Parlamento. Comisión de control de TVE. Pase privado del debate sobre "La herencia del franquismo". Luis Herrero tuvo la imperdonable osadía de dar palabra a dos sulfúreos conspiradores: Trevijano y yo. Piedra de escándalo, mi hipótesis: el felipismo, fase superior del franquismo. No podía yo esperar una confirmación más irrefutable de ella que ésta que la sesión de hoy brinda. Jamás agradeceré bastante a los diputados socialistas su bondadoso empeño en exhibir su inquebrantable identificación con la censura franquista. Mi vanidad se daba ya por colmada con el unánime clamor de los empleados de Polanco y con la refinada elocuencia de doña Rosa Conde. Gracias, de todos modos. ¡Era tan elemental, por lo demás la tesis! Ningún mérito me recae por formularla. Estaba en el aire y no había más que recogerla. Nada hay, si bien se mira, de asombroso en el ansia de González por ser Franco. Ninguna anomalía exhibe su anhelo de identificarse a aquel que no poseía cargo sino en superlativo. Por eso el inaugural verano en la hogareña madriguera del Azor fue su luz iniciática. La repetición de los gestos del déspota en el escenario favorito del déspota no es anécdota. Sí, símbolo. Porque "en el símbolo, los objetos se ven interpenetrados, son la misma cosa" (Groddeck). Uno fueron, sobre la cubierta del Azor de todos los veranos, Padre e Hijo, en el intemporal Espíritu. Idéntica la perennidad de su mundo "atado y bien atado". Eso es el símbolo: una economía altamente rentable de la repetición. El sujeto, que entra en un lenguaje establecido _enseñaba Lacan_, se define conforme a un orden simbólico, designado por el nombre del padre, que lo estructura tragándoselo en la castración. Franco, la perennidad de los atributos que en torno a su nombre se tejen, fijó el horizonte de deseo del pobre González: y aquel gran falo simbólico del Azor lo volvió tarumba. Escena de conmovedora intensidad teológica, ya que "lo que designa el nombre del padre" (según el doctor Lacan y el poco docto Txiki Benegas) "es el lugar de Dios". Cópula de Padre e Hijo llaman algunos padres de la Iglesia al Santo Espíritu en el cual ambos se funden. Fruición de mutua coyunda. Nada iguala en intensidad al flechazo entre Personas divinas: "Y el Padre y el Hijo, amándose infinitamente" _evoca la bella imagen de Fray Luis de Granada_, "producen el Espíritu". En el espíritu alado (azor o paloma es lo de menos), en el esplendor copulativo que simboliza, el Hijo accede a la satisfacción imaginaria del esquivo deseo: ser uno con el Padre, ser el Padre. Añorado paraíso onanista de la criatura amputada, "el padre asciende al rango de Gran Follador, ese padre que deja al pobre hijo tan jodidamente jodido": Lacan de nuevo. Jodidamente jodido, el hijo que fantasmea con joder al padre. Sentado sobre la borda del Azor, su minúscula caña de pescar entre las crispados puñitos, sueña ser rozado por la gracia del mítico gozo que envidió en el Otro: ése que nunca llega a él, a no ser bajo especies de delirio. Fase final del franquismo, el felipismo. Caricatura. Esta tarde, a las seis, sesión continua. Carrera de San Jerónimo. Mejor hubiera sido en la consulta del psiquiatra.
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