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Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (C.N.I.C.E.)

REPRODUCCIÓN HUMANA
I. EL COMIENZO DE LA VIDA

(Fichero comprimido de Word para Windows)

 

3. CONSIDERACIONES GENÉTICAS: INDIVIDUALIZACIÓN E IDENTIDAD (MISMIDAD) GENÉTICA

3.1. INDIVIDUALIZACIÓN: UNICIDAD Y UNIDAD

Desde el punto de vista genético, el desarrollo puede definirse como "un proceso regulado de crecimiento y diferenciación resultante de la interacción núcleo-citoplásmica, del ambiente celular interno y del medio externo, de tal manera que en su conjunto el desarrollo constituye una secuencia programada de cambios fenotípícos (de apariencia externa), controlados espacial y temporalmente, que constituyen el ciclo vital del organismo". Es decir, al producirse la fecundación de los gametos se origina el cigoto, que reúne, ya desde el mismo instante de su formación, toda la información genética necesaria para programar la formación del nuevo ser, de manera que, de no mediar alteraciones de cualquier tipo que interfieran con el proceso, a partir del momento que empiece a funcionar el primer gen en dicha célula inicial única, la programación genética conducirá inexorablemente a la formación del individuo adulto. Es obvio que en el caso del desarrollo humano por factores ambientales se entienden no sólo los físicos, sino también los culturales.

Todas estas consideraciones nos sitúan ante los interrogantes genéticos fundamentales en torno al estatuto del embrión humano y que se podría concretar en esta doble pregunta: ¿cuándo empieza la vida humana? ¿cuándo esa vida humana que ha empezado es ya un ser humano individualizado? Dicho en otras palabras, cuando en los primeros estadios de vida embrionaria sólo hay un conglomerado de células en activa división ¿existe ya humanidad o se trata simplemente de un montón de células humanas cuya consideración no tendría que ser diferente de la de cualquier cultivo de células que habitualmente se utilizan en determinados análisis clínicos (cultivos de leucocitos, biopsias, etc.)?

En cuanto a la primera pregunta -cuándo empieza una nueva vida humana-, ningún científico dudaría en responder que en el momento de la fecundación; es decir, cuando de dos realidades distintas -el óvulo y el espermatozoide- surge una realidad nueva y distinta -el cigoto- con una potencialidad propia y una autonomía genética, ya que, aunque dependa de la madre para subsistir, su desarrollo se va a realizar de acuerdo con su propio programa genético. Puesto que ese programa genético es específicamente humano y no de ratón o de zanahoria, la nueva vida surgida es, evidentemente, humana.

En cuanto a la segunda cuestión -cuándo la vida humana que ha empezado es ya un ser humano-, el abanico de opiniones es enormemente amplio: desde los que consideran que desde el mismo momento de la fecundación o que el feto tiene forma humana o que empieza a desarrollar actividad eléctrica cerebral detectable por un electroencefalograma, hasta los que se basan en criterios relacionales tales como "ser aceptados por sus padres", "ser reconocidos por la sociedad", "ser procreado intencionadamente", "estar destinado a vivir" (este criterio utilizado por algunos autores hace referencia a experimentos embriológicos como los que aquí nos ocupan: fecundación in vitro, congelación de embriones, etc.) o, incluso para otros, "que la cosa en crecimiento diga que es un ser humano", etc. Obviamente, en el contexto biológico en el que nos movemos tales criterios relacionales no pueden ser tomados en consideración.

Volviendo, pues, al terreno científico, en cuanto a la cuestión de cuándo empieza el nuevo ser humano debemos decir que, desde el punto de vista genético, no existe hoy por hoy una respuesta científica cierta, por las razones que luego se aducirán.

La individualización de un nuevo ser requiere que se den dos propiedades: la unicidad -calidad de ser único- y la unidad, realidad positiva que se distingue de toda otra; es decir, ser uno solo. Pues bien, existe una amplia evidencia experimental que demuestra que estas dos propiedades fundamentales no están definitivamente establecidas en el nuevo ser en desarrollo antes de que termine la anidación.

  • PROPIEDAD DE UNICIDAD

En relación con la unicidad hay que hacer referencia a los gemelos monocigóticos. Aproximadamente uno de cada 89 nacimientos son gemelos, entre los que un 20-30 por 100 son monocigóticos, lo cual da una frecuencia global aproximada de gemelos monocigóticos de un 2 por 1.000. Los gemelos monocigóticos -que es el único caso posible de identidad genética entre individuos humanos- se forman por la división de un embrión. Tal división solamente puede producirse antes de la formación de la línea primitiva o cresta neural, lo cual ocurre hacia los catorce días, coincidiendo con la terminación de la anidación. La conclusión es evidente: la unicidad del nuevo ser no está fijada durante las etapas de desarrollo embrionario anteriores a la terminación de la anidación.

Desde el punto de vista genético, es también importante señalar que los datos experimentales de que se dispone indican que, así como en la formación de gemelos dicigóticos se admite una cierta causa genética, en los monocigóticos no. Es decir, no se podría argumentar que en la especie humana pudiera ocurrir una situación similar a la de algunos animales, como ocurre en el armadillo, en los que siempre se producen gemelos monocigóticos en cada parto, en cuyo caso podría tratar de cambiarse el sentido de la unicidad. Pero no es éste el caso humano.

  • PROPIEDAD DE UNIDAD

En relación con la propiedad de la unidad -condición de ser solamente uno- hay que hacer referencia a la existencia comprobada de quimeras humanas; es decir, personas que realmente están constituidas por la fusión de dos cigotos o embriones distintos. Desde el punto de vista genético, es importante distinguir los conceptos de mosaico y de quimera, que algunas veces se utilizan inadecuadamente como sinónimos. Por mosaico se entiende la existencia de más de una estirpe celular en un mismo individuo originadas después de la fecundación por algún fenómeno genético anormal (mutaciones génicas o cromosómicas, recombinación somática, etc.), mientras que por quimera se entiende la aparición de líneas celulares distintas originadas a partir de diferentes fuentes de fecundación. En este caso se puede distinguir entre quimeras cigóticas -producidas por la fecundación simultánea del óvulo por un espermatozoide y de un cuerpo polar derivado del mismo ovocito primario por otro espermatozoide, originando un solo individuo- y quimeras postcigóticas producidas por fusión de dos embriones distintos.

En el primer caso se trataría de la formación de un solo individuo a partir de dos cigotos distintos, mientras que en el segundo caso la fusión sería de dos embriones diferentes a partir de los cuales sólo se originaría un individuo; en cualquier caso, la propiedad de unidad no estaba establecida ni en los cigotos ni en los embriones fusionados. Parece ser que la fusión natural de embriones independientes en mamíferos, incluyendo la especie humana, es difícil, aunque no imposible. Lo que sí parece claro es que tal fusión tiene que producirse obligatoriamente antes de aparecer la línea primitiva o cresta neural terminar la anidación.

En la especie humana se han descrito casos de quimerismo. Normalmente, la existencia de una quimera humana se descubre al constatar la existencia de células con dotaciones cromosómicas sexuales diferentes XX/XY; es decir, el individuo tiene células femeninas y masculinas. Esto hace suponer que puede haber otros casos de quimeras que pasan inadvertidos por ser los individuos XX/XX o XY/XY. Lógicamente, una vez descubierta la existencia de las dos líneas cromosómicas celulares se realizan estudios inmunológicos complementarios de grupos sanguíneos.

Por otro lado, la obtención de quimeras artificiales en mamíferos de laboratorio producidas por fusión de dos mórulas en estadio de ocho células indica que algo semejante podría hacerse en la especie humana, con lo que, aunque fuera de manera artificial, se podría ir en contra de la propiedad de unidad.

En consecuencia, puede también decirse que, desde el punto de vista genético, la unidad del nuevo ser no está fijada durante las primeras etapas embrionarias anteriores a la anidación.

En resumen, de los datos expuestos podría deducirse que la anidación representa un hito embriológico importante en relación con la individualización del nuevo ser. No obstante, es importante volver a recordar la imposibilidad de fijar el momento preciso aún en el caso de que así fuera debido a la continuidad del proceso biológico del desarrollo.

Por otro lado, algunos autores ponen de manifiesto que la anidación supone también un cambio drástico en cuanto se refiere a la reducción de la frecuencia de abortos espontáneos. La precariedad en que se desenvuelve el embrión en las etapas anteriores a la anidación, no tienen, sin embargo, a mi juicio, ni con mucho, el peso genético que ante la problemática del estatuto del embrión humano pueden tener los fenómenos de gemelismo y quimerismo descritos que afectan plenamente a la individualización del nuevo ser, ya que tal precariedad no es necesariamente expresión de inestabilidad o indeterminación genéticas.

3.2. LA IDENTIDAD O MISMIDAD GENÉTICA

El concepto de identidad o mismidad genética de un individuo está íntimamente relacionado con su capacidad genética de distinguir inmunológicamente lo propio de lo extraño y ello depende de las moléculas de clase I y II codificadas por los respectivos genes del sistema principal de histocompatibilidad. En otras palabras, el "carnet o documento de identidad" de un individuo está escrito en los genes de su sistema HLA. Para una mejor comprensión de este concepto hay que hacer referencia a algunos aspectos inmunogenéticos.

  • RESPUESTA INMUNE

La respuesta inmune dentro de los vertebrados superiores puede consistir en una respuesta humoral, en la que se producen anticuerpos circulantes con especificidad hacia el antígeno que ha inducido su producción, y en una respuesta celular en la que los efectores son las propias células linfoides. En ambos tipos de respuesta se produce una proliferación de linfocitos B o T que reconocen el antígeno y reaccionan con él de manera específica. Una diferencia importante entre los linfocitos B y T es que los primeros se activan con la sola presencia del antígeno que les es específico, mientras que los linfocitos T sólo se activan si el antígeno está expuesto en la superficie de una célula que lleve además las "señas de identidad" del propio individuo. Tales "señas de identidad" están determinadas por su sistema principal de histocompatibilidad (MHC) codificado por un conjunto de genes situados en el cromosoma 6 y que constituyen el denominado sistema HLA. Dentro del sistema HLA son especialmente importantes los genes de la clase I y de la clase II.

  • TOLERANCIA INMUNOLÓGICA

Una característica fundamental del fenómeno inmune es la capacidad del organismo para reconocer cuándo una macromolécula o cualquier posible antígeno es propio o extraño, de forma que sólo en este último caso pondrá en funcionamiento los mecanismos precisos para desarrollar una respuesta inmune. No hay duda que, de alguna forma, los sistemas inmunológicos aprenden a reconocer sus propias moléculas en un proceso de aprendizaje que tiene lugar durante las primeras etapas de la vida, obviamente antes de que se desarrolle la respuesta inmune para las proteínas o antígenos extraños. A esta falta de respuesta inmune frente a cualquier antígeno presente ya en el organismo cuando éste inicia el desarollo de su sistema generador de anticuerpos o de células T se le llama tolerancia inmunológica; es decir, la capacidad de reconocer "lo propio" y no responder inmunológicamente.

Así como en el apartado anterior se hacía hincapié en que hacia el día 14 después de la fecundación se podría decir que quedaba establecida la individualidad del nuevo ser humano al quedar fijadas las propiedades de unicidad y de unidad, podemos ahora plantearnos la cuestión de cuándo en el desarrollo del individuo se actualiza su identidad o mismidad genética. Es decir, aunque el genotipo del cigoto incluye ya, obviamente, el sistema HLA propio (haplotipo), su actualización no se hace efectiva hasta que los genes que contiene se expresen (transcripción) y se sinteticen (traducción) las proteínas correspondientes. En ese momento podría decirse que quedan fijadas las señas de identidad del individuo.

¿Cuándo ocurre dicho momento? Los datos científicos de que se dispone son todavía muy imprecisos y por tanto hay que tomarlos con precaución. Parece ser que las proteínas MHC de la clase II se expresan a las 7 semanas de desarrollo embrionario, mientras que las proteínas MHC de la clase I lo hacen a las 8 semanas. Por otro lado, también se estima que los genes que codifican para los polipéptidos a y ß del receptor de las células T (TCR a y ß) se expresan a las 12 semanas; es decir, "la ventana crítica de tiempo para la maduración tímica ocurre entre la 7ª y la 12ª semana de gestación". En otras palabras, todas las moléculas estarían funcionales alrededor de los 3 meses.

Tratando de unificar los tiempos, parecería correcto decir que la identidad o mismidad genética del individuo empieza a quedar establecida entre las ocho y doce semanas de gestación. Una cuestión importante que ahora se plantea es si el establecimiento de la identidad o mismidad genética puede tener un significado especial a la hora de hacer valoraciones éticas o jurídicas como lo tiene, a mi juicio, la individualización establecida por las propiedades de unicidad y unidad.

Juan Ramón Lacadena

 
 
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