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Desde
el punto de vista genético, el desarrollo puede
definirse como "un proceso regulado de crecimiento y diferenciación
resultante de la interacción núcleo-citoplásmica,
del ambiente celular interno y del medio externo, de tal manera
que en su conjunto el desarrollo constituye una secuencia programada
de cambios fenotípícos (de apariencia externa),
controlados espacial y temporalmente, que constituyen el ciclo
vital del organismo". Es decir, al producirse la fecundación
de los gametos se origina el cigoto, que reúne, ya desde
el mismo instante de su formación, toda la información
genética necesaria para programar la formación
del nuevo ser, de manera que, de no mediar alteraciones de cualquier
tipo que interfieran con el proceso, a partir del momento que
empiece a funcionar el primer gen en dicha célula inicial
única, la programación genética conducirá
inexorablemente a la formación del individuo adulto.
Es obvio que en el caso del desarrollo humano por factores ambientales
se entienden no sólo los físicos, sino también
los culturales.
Todas
estas consideraciones nos sitúan ante los interrogantes
genéticos fundamentales en torno al estatuto del embrión
humano y que se podría concretar en esta doble pregunta:
¿cuándo empieza la vida humana? ¿cuándo
esa vida humana que ha empezado es ya un ser humano individualizado?
Dicho en otras palabras, cuando en los primeros estadios de
vida embrionaria sólo hay un conglomerado de células
en activa división ¿existe ya humanidad o se trata
simplemente de un montón de células humanas
cuya consideración no tendría que ser diferente
de la de cualquier cultivo de células que habitualmente
se utilizan en determinados análisis clínicos
(cultivos de leucocitos, biopsias, etc.)?
En
cuanto a la primera pregunta -cuándo empieza una nueva
vida humana-, ningún científico dudaría
en responder que en el momento de la fecundación; es
decir, cuando de dos realidades distintas -el óvulo y
el espermatozoide- surge una realidad nueva y distinta -el cigoto-
con una potencialidad propia y una autonomía genética,
ya que, aunque dependa de la madre para subsistir, su desarrollo
se va a realizar de acuerdo con su propio programa genético.
Puesto que ese programa genético es específicamente
humano y no de ratón o de zanahoria, la nueva vida surgida
es, evidentemente, humana.
En
cuanto a la segunda cuestión -cuándo la vida humana
que ha empezado es ya un ser humano-, el abanico de opiniones
es enormemente amplio: desde los que consideran que desde el
mismo momento de la fecundación o que el feto tiene forma
humana o que empieza a desarrollar actividad eléctrica
cerebral detectable por un electroencefalograma, hasta los que
se basan en criterios relacionales tales como "ser aceptados
por sus padres", "ser reconocidos por la sociedad", "ser procreado
intencionadamente", "estar destinado a vivir" (este criterio
utilizado por algunos autores hace referencia a experimentos
embriológicos como los que aquí nos ocupan: fecundación
in vitro, congelación de embriones, etc.) o, incluso
para otros, "que la cosa en crecimiento diga que es un ser humano",
etc. Obviamente, en el contexto biológico en el que nos
movemos tales criterios relacionales no pueden ser tomados en
consideración.
Volviendo,
pues, al terreno científico, en cuanto a la cuestión
de cuándo empieza el nuevo ser humano debemos decir que,
desde el punto de vista genético, no existe hoy por hoy
una respuesta científica cierta, por las razones que
luego se aducirán.
La
individualización de un nuevo ser requiere que
se den dos propiedades: la unicidad -calidad de ser único-
y la unidad, realidad positiva que se distingue de toda
otra; es decir, ser uno solo. Pues bien, existe una amplia evidencia
experimental que demuestra que estas dos propiedades fundamentales
no están definitivamente establecidas en el nuevo ser
en desarrollo antes de que termine la anidación.
En
relación con la unicidad hay que hacer referencia
a los gemelos monocigóticos. Aproximadamente uno
de cada 89 nacimientos son gemelos, entre los que un 20-30 por
100 son monocigóticos, lo cual da una frecuencia global
aproximada de gemelos monocigóticos de un 2 por 1.000.
Los gemelos monocigóticos -que es el único caso
posible de identidad genética entre individuos humanos-
se forman por la división de un embrión. Tal división
solamente puede producirse antes de la formación de la
línea primitiva o cresta neural, lo cual ocurre hacia
los catorce días, coincidiendo con la terminación
de la anidación. La conclusión es evidente: la
unicidad del nuevo ser no está fijada durante las etapas
de desarrollo embrionario anteriores a la terminación
de la anidación.
Desde
el punto de vista genético, es también importante
señalar que los datos experimentales de que se dispone
indican que, así como en la formación de gemelos
dicigóticos se admite una cierta causa genética,
en los monocigóticos no. Es decir, no se podría
argumentar que en la especie humana pudiera ocurrir una situación
similar a la de algunos animales, como ocurre en el armadillo,
en los que siempre se producen gemelos monocigóticos
en cada parto, en cuyo caso podría tratar de cambiarse
el sentido de la unicidad. Pero no es éste el caso humano.
En
relación con la propiedad de la unidad -condición
de ser solamente uno- hay que hacer referencia a la existencia
comprobada de quimeras humanas; es decir, personas que
realmente están constituidas por la fusión de
dos cigotos o embriones distintos. Desde el punto de vista genético,
es importante distinguir los conceptos de mosaico y de
quimera, que algunas veces se utilizan inadecuadamente
como sinónimos. Por mosaico se entiende la existencia
de más de una estirpe celular en un mismo individuo originadas
después de la fecundación por algún fenómeno
genético anormal (mutaciones génicas o cromosómicas,
recombinación somática, etc.), mientras que por
quimera se entiende la aparición de líneas
celulares distintas originadas a partir de diferentes fuentes
de fecundación. En este caso se puede distinguir entre
quimeras cigóticas -producidas por la fecundación
simultánea del óvulo por un espermatozoide y de
un cuerpo polar derivado del mismo ovocito primario por otro
espermatozoide, originando un solo individuo- y quimeras
postcigóticas producidas por fusión de dos
embriones distintos.
En
el primer caso se trataría de la formación de
un solo individuo a partir de dos cigotos distintos, mientras
que en el segundo caso la fusión sería de dos
embriones diferentes a partir de los cuales sólo se originaría
un individuo; en cualquier caso, la propiedad de unidad no estaba
establecida ni en los cigotos ni en los embriones fusionados.
Parece ser que la fusión natural de embriones independientes
en mamíferos, incluyendo la especie humana, es difícil,
aunque no imposible. Lo que sí parece claro es que tal
fusión tiene que producirse obligatoriamente antes de
aparecer la línea primitiva o cresta neural terminar
la anidación.
En
la especie humana se han descrito casos de quimerismo. Normalmente,
la existencia de una quimera humana se descubre al constatar
la existencia de células con dotaciones cromosómicas
sexuales diferentes XX/XY; es decir, el individuo tiene células
femeninas y masculinas. Esto hace suponer que puede haber otros
casos de quimeras que pasan inadvertidos por ser los individuos
XX/XX o XY/XY. Lógicamente, una vez descubierta la existencia
de las dos líneas cromosómicas celulares se realizan
estudios inmunológicos complementarios de grupos sanguíneos.
Por
otro lado, la obtención de quimeras artificiales en mamíferos
de laboratorio producidas por fusión de dos mórulas
en estadio de ocho células indica que algo semejante
podría hacerse en la especie humana, con lo que, aunque
fuera de manera artificial, se podría ir en contra de
la propiedad de unidad.
En
consecuencia, puede también decirse que, desde el punto
de vista genético, la unidad del nuevo ser no está
fijada durante las primeras etapas embrionarias anteriores a
la anidación.
En
resumen, de los datos expuestos podría deducirse que
la anidación representa un hito embriológico importante
en relación con la individualización del nuevo
ser. No obstante, es importante volver a recordar la imposibilidad
de fijar el momento preciso aún en el caso de que así
fuera debido a la continuidad del proceso biológico del
desarrollo.
Por
otro lado, algunos autores ponen de manifiesto que la anidación
supone también un cambio drástico en cuanto se
refiere a la reducción de la frecuencia de abortos espontáneos.
La precariedad en que se desenvuelve el embrión en las
etapas anteriores a la anidación, no tienen, sin embargo,
a mi juicio, ni con mucho, el peso genético que ante
la problemática del estatuto del embrión humano
pueden tener los fenómenos de gemelismo y quimerismo
descritos que afectan plenamente a la individualización
del nuevo ser, ya que tal precariedad no es necesariamente expresión
de inestabilidad o indeterminación genéticas.
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