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Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (C.N.I.C.E.)

SELECCIÓN DE EMBRIONES HUMANOS

CON FINES TERAPÉUTICOS

(Fichero comprimido de Word para Windows)

 

III. ASPECTOS ÉTICOS

El ser humano es un fin en sí mismo, no un medio. Esta afirmación nos lleva a preguntar si es ético concebir un hijo para salvar la vida de un hermano. Como recordaba J. Gafo en un artículo periodístico ("¿Concebir un hijo para salvar a un hermano?" ABC, 6-X-2000), hace ya unos diez años se produjo una situación similar en los Estados Unidos, donde el matrimonio Ayala, de origen hispano, concibió un hijo para que sirviera de donante de un trasplante de médula a una hermana enferma. Sin embargo, en aquella situación, a diferencia del caso de la familia Nash, no se produjo el otro componente ético fundamental para esta discusión ya que no se recurrió a la FIV y selección preimplantacional de embriones al que se hará referencia después.

Volviendo al hecho en sí: ¿es éticamente aceptable concebir un hijo para salvar la vida de otro? Aunque algunos rechazan esta solución por considerarla inmersa dentro de una filosofía utilitarista argumentando que "por bueno que sea el fin, nunca una vida debe generarse con un fin programado, ya que es un atentado contra un inherente derecho a la vida que es el de la libertad: libertad para crecer y desarrollarnos como seres humanos valiosos en nosotros mismos, al margen de interesados utilitarismos de la ciencia y la medicina" (M. López Barahona, "Eugenesia y utilitarismo", Alfa y Omega, ABC, 19-X-2000); otros, por el contrario, la aceptan porque consideran que en este caso el fin justifica los medios, en el entendimiento de que el nuevo hijo concebido va a ser querido por sí mismo, independientemente de la intencionalidad con la que fuera concebido y de si su venida al mundo resulta o no eficaz para el fin terapéutico propuesto. De hecho, la valoración ética de esta decisión puede resultar superior a la de aquellos casos en los que la pareja tiene la descendencia de forma inesperada o, en el peor de los casos, de forma no deseada.

En el caso de la familia Nash hay, sin embargo, un problema ético adicional: el de la selección de embriones ya que 13 de los 15 embriones obtenidos por la FIV fueron descartados por ser genéticamente defectuosos. Parece ser que su destino no fue ni la transferencia al útero materno ni la congelación, sino la destrucción. Es evidente que la valoración ética de la selección preimplantacional dependerá de la valoración ética del estatuto del embrión preimplantatorio de menos de catorce días, cuando no tiene aún establecidas sus propiedades de unicidad (ser único e irrepetible) y de unidad (ser uno solo) que caracterizan su individualización, tal como se exponía en el tema "Reproducción Humana. I. El comienzo de la vida" de esta misma página web que se reproduce a continuación:

Los interrogantes genéticos fundamentales en torno al estatuto del embrión humano se podrían concretar en esta doble pregunta: ¿cuándo empieza la vida humana? ¿cuándo esa vida humana que ha empezado es ya un ser humano individualizado? Dicho en otras palabras, cuando en los primeros estadios de vida embrionaria sólo hay un conglomerado de células en activa división ¿existe ya humanidad o se trata simplemente de un montón de células humanas cuya consideración no tendría que ser diferente de la de cualquier cultivo de células que habitualmente se utilizan en determinados análisis clínicos (cultivos de leucocitos, biopsias, etc.)?

En cuanto a la primera pregunta -cuándo empieza una nueva vida humana-, ningún científico dudaría en responder que en el momento de la fecundación; es decir, cuando de dos realidades distintas -el óvulo y el espermatozoide- surge una realidad nueva y distinta -el cigoto- con una potencialidad propia y una autonomía genética, ya que, aunque dependa de la madre para subsistir, su desarrollo se va a realizar de acuerdo con su propio programa genético. Puesto que ese programa genético es específicamente humano y no de ratón o de zanahoria, la nueva vida surgida es, evidentemente, humana.

En cuanto a la segunda cuestión -cuándo la vida humana que ha empezado es ya un ser humano-, el abanico de opiniones es enormemente amplio: desde los que consideran que desde el mismo momento de la fecundación o que el feto tiene forma humana o que empieza a desarrollar actividad eléctrica cerebral detectable por un electroencefalograma, hasta los que se basan en criterios relacionales tales como "ser aceptados por sus padres", "ser reconocidos por la sociedad", "ser procreado intencionadamente", "estar destinado a vivir" (este criterio utilizado por algunos autores hace referencia a experimentos embriológicos como los que aquí nos ocupan: fecundación in vitro, congelación de embriones, etc.) o, incluso para otros, "que la cosa en crecimiento diga que es un ser humano", etc. Obviamente, en el contexto biológico en el que nos movemos tales criterios relacionales no pueden ser tomados en consideración.

Volviendo, pues, al terreno científico, en cuanto a la cuestión de cuándo empieza el nuevo ser humano debemos decir que, desde el punto de vista genético, no existe hoy por hoy una respuesta científica cierta, por las razones que luego se aducirán.

La individualización de un nuevo ser requiere que se den dos propiedades: la unicidad -calidad de ser único- y la unidad, realidad positiva que se distingue de toda otra; es decir, ser uno solo. Pues bien, existe una amplia evidencia experimental que demuestra que estas dos propiedades fundamentales no están definitivamente establecidas en el nuevo ser en desarrollo antes de que termine la anidación.

  • PROPIEDAD DE UNICIDAD: En relación con la unicidad hay que hacer referencia a los gemelos monocigóticos. Aproximadamente uno de cada 89 nacimientos son gemelos, entre los que un 20-30 por 100 son monocigóticos, lo cual da una frecuencia global aproximada de gemelos monocigóticos de un 2 por 1.000. Los gemelos monocigóticos -que es el único caso posible de identidad genética entre individuos humanos- se forman por la división de un embrión. Tal división solamente puede producirse antes de la formación de la línea primitiva o cresta neural, lo cual ocurre hacia los catorce días después de la fecundación, coincidiendo con la terminación de la anidación. La conclusión es evidente: la unicidad del nuevo ser no está fijada durante las etapas de desarrollo embrionario anteriores a la terminación de la anidación.

    Desde el punto de vista genético, es también importante señalar que los datos experimentales de que se dispone indican que, así como en la formación de gemelos dicigóticos se admite una cierta causa genética, en los monocigóticos no. Es decir, no se podría argumentar que en la especie humana pudiera ocurrir una situación similar a la de algunos animales, como ocurre en el armadillo, en los que siempre se producen gemelos monocigóticos en cada parto, en cuyo caso podría tratar de cambiarse el sentido de la unicidad. Pero no es éste el caso humano.

  • PROPIEDAD DE UNIDAD: En relación con la propiedad de la unidad -condición de ser solamente uno- hay que hacer referencia a la existencia comprobada de quimeras humanas; es decir, personas que realmente están constituidas por la fusión de dos cigotos o embriones distintos. Desde el punto de vista genético, es importante distinguir los conceptos de mosaico y de quimera, que algunas veces se utilizan inadecuadamente como sinónimos. Por mosaico se entiende la existencia de más de una estirpe celular en un mismo individuo originadas después de la fecundación por algún fenómeno genético anormal (mutaciones génicas o cromosómicas, recombinación somática, etc.), mientras que por quimera se entiende la aparición de líneas celulares distintas originadas a partir de diferentes fuentes de fecundación. En este caso se puede distinguir entre quimeras cigóticas -producidas por la fecundación simultánea del óvulo por un espermatozoide y de un cuerpo polar derivado del mismo ovocito primario por otro espermatozoide, originando un solo individuo- y quimeras postcigóticas producidas por fusión de dos embriones distintos.

    En el primer caso se trataría de la formación de un solo individuo a partir de dos cigotos distintos, mientras que en el segundo caso la fusión sería de dos embriones diferentes a partir de los cuales sólo se originaría un individuo; en cualquier caso, la propiedad de unidad no estaba establecida ni en los cigotos ni en los embriones fusionados. Parece ser que la fusión natural de embriones independientes en mamíferos, incluyendo la especie humana, es difícil, aunque no imposible. Lo que sí parece claro es que tal fusión tiene que producirse obligatoriamente antes de aparecer la línea primitiva o cresta neural al terminar la anidación.

    En la especie humana se han descrito casos de quimerismo. Normalmente, la existencia de una quimera humana se descubre al constatar la existencia de células con dotaciones cromosómicas sexuales diferentes XX/XY; es decir, el individuo tiene células femeninas y masculinas. Esto hace suponer que puede haber otros casos de quimeras que pasan inadvertidos por ser los individuos XX/XX o XY/XY. Lógicamente, una vez descubierta la existencia de las dos líneas cromosómicas celulares se realizan estudios inmunológicos complementarios de grupos sanguíneos.

    Por otro lado, la obtención de quimeras artificiales en mamíferos de laboratorio producidas por fusión de dos mórulas en estadio de ocho células indica que algo semejante podría hacerse en la especie humana, con lo que, aunque fuera de manera artificial, se podría ir en contra de la propiedad de unidad.

    En consecuencia, puede también decirse que, desde el punto de vista genético, la unidad del nuevo ser no está fijada durante las primeras etapas embrionarias anteriores a la anidación.

    En resumen, de los datos expuestos podría deducirse que el final de la anidación, que coincide con los catorce días después de la fecundación, representa un hito embriológico importante en relación con la individualización del nuevo ser. No obstante, es importante tener en cuenta la dificultad de fijar el momento preciso, aún en el caso de que así fuera, debido a la continuidad del proceso biológico del desarrollo.

 


 
 
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